Sujeto

Sujeto

viernes, 15 de octubre de 2010

A propósito de Turner

Deja que la luz hable por sí misma.

Que las voces de aquellos tragados por la claridad se dibujen siguiendo el ritmo que marca el que desde la posición de honor te quiere hablar de frente, sin máscaras.


Que el ángel que nos guarda también nos recoja de dos en dos.


Que como los pihis de Apollinaire volemos agarrados, salgamos juntos del espesor claro y brillante, ayudados por el otro.


Busquemos entonces la oscuridad como el nuevo espacio de calma, de reflexión. Es allí donde ahora queremos estar, a donde tendemos cuando la luz deja demasiado claros los límites, cuando se vuelve obvia, vulgar, común…


Y sin embargo…
San Jerónimo sigue escribiendo sobre las formaciones rocosas y nubosas tras la veladura, que se insinúan, que son luz.



Luz… Me llamas y te rechazo. Me repeles y te busco. Me preocupas, me pones en movimiento.


¿Cuándo sabré si lo que quiero es estancarme y parar en la negrura o volar, ascender y quedar atrapado por lo que es blanco y no está manchado?


¿Cómo decidir si todo lo que veo es puro?

Los gritos de los espíritus encadenados me respaldan.
Los ritos de los espíritus voladores me acompañan.


El ángel no nos sobrevuela a nosotros, sino que le acompañamos, pues aquí no hay suelo, no hay nada plano. Todo encierra todas las direcciones, no hay rechazo posible.

Ahora que las voces de los espíritus se han fundido y sólo son materia, diré que he tomado una decisión:



Dejaré que sea la cuerda infinita la que por un extremo me conduzca a lo ligero y por el otro me sumerja en lo pesado. Sólo así podré hacer frente a la eternidad.

miércoles, 13 de octubre de 2010

Texto a contrarreloj


OBSERVANDO UN CUADRO DE TURNER, TRATAMOS DE ORDENAR NUESTRAS IDEAS EN UN TEXTO IMPROVISADO Y RÁPIDO, IMPRESIONISTA

Cubiertos por la misma luz.
(Sólidos encubiertos)

La difuminación de una posible ciudad – la mía, la de Turner.
Desde allí no se ve este mar, pero sí el sol.
La posibilidad de elegir un camino – tierra, mar, aire, fuego. Va y viene entre los huecos / salientes donde todo converge.

Las naves acuáticas tienen una dirección. Me guían al encuentro de quién esté en la ciudad – yo, Turner, cualquiera.
Las naves necesitan el viento o la fuerza. Dejarse llevar o moverte. Conmoverte en una dirección. Trazar las líneas que me lleven al sol, donde puede que os encuentre.

Encontrarse con las miradas.

Cubiertos por la misma luz.
Encubierto el duelo y la afrenta, también la gloria y la rutina. Acogido por la superficie – del cuadro, del agua, de la tierra. Llamado a participar, a formar parte, a formar un pensamiento, a pensar una forma. A partir de todo.

Fundir las palabras, terminar con ellas en la textura, en los colores. No considerar los límites / considerarlos.

Poner lo que quieras y al final salirte por la luz de la derecha. Dejar que te absorba la gravedad. Ser atraído por las fuerzas que acabo de descubrir y que borran el resto, pero que al mismo tiempo dialogan con otros puntos y me hacen pensar en la copia y la intención, el retrato o la ficción, la intervención o la captación.


martes, 12 de octubre de 2010

Turner / Acuarelas

http://www.youtube.com/watch?v=qKac2NAxOFg

http://www.youtube.com/watch?v=F523WvPwKlQ

http://www.youtube.com/watch?v=WV1-gEEgnvk

http://www.youtube.com/watch?v=q1iJwB_bs-8

lunes, 11 de octubre de 2010

Escrito a propósito de un cuadro de Turner (Versión 2)

“C’est par là que tu te rapproches d’une autre chose”

Ya no se podía contener la vibración. En todas las direcciones se repetían los ecos y se arrastraban las sombras. Todo se correspondía, y el campo de resonancias que se sostenía sobre la superficie ligera ya no podía seguir encerrándose en sí mismo. La superficie ligera, ese verano con Monika, se había ido reduciendo hasta que todas las líneas finalmente quebraron, y con ellas todo colapsó.

Los movimientos violentos del ambiente y del aire fueron en un principio totalmente impredecibles, pero el magnetismo del centro, que era incuestionable y lo siguió siendo unos cuantos minutos, alteró sus órbitas y los volvió verticales.

Yo estaba sentado sobre una roca que, hasta ese momento, se había comportado como si fuese blanca. Los destellos coloridos sobre su superficie pesada hicieron que me sobresaltara y que abandonara el pedestal. Salté para volver a pisar el suelo. Una vez sobre él, que era rugoso y húmedo como una cueva o como una matriz, me agaché, y al agacharme pude ver mejor. Y pude reconocer también una canción hasta entonces nunca escuchada. Daba igual oír que ver porque todo se agitaba verticalmente. Era una situación que recordaba pese a no haberla vivido nunca. Ya desde el principio sabía que aquello que se movía, y que era aire, sonido y luz, no tardaría en transformarse en rocas, rojo, sangre. Así que me dejé cubrir y arrastrar. Quería ser tragado de una vez.

A medida que avanzaba (creo que entre vapor y ríos de aire), todo se volvía cíclico. Nada quedaba atrás, pues aquello a lo que antes daba la espalda pronto me miraba de frente. Quizás no haya hecho bien en decir avanzar. Iba delante de mí mismo y al mismo tiempo estaba quieto.

Supongo que en ese momento el remolino cuyo centro era yo decidió transformarse en balsa, y remé con todas mis fuerzas entre aguas claras pero totalmente espesas. Ya no podía más, así que dejé que la densidad de los líquidos sobre los que flotaba me tragara de nuevo. ¿Qué importancia tiene hacer las cosas si siempre las estoy haciendo?

Pero la luz no era lo suficientemente intensa y la balsa se detuvo. Volví a estar rodeado por paredes de piedra, por la densidad invariable de aquello totalmente reconocible. Paredes de piedra marrón que definían el contorno y el trayecto, que me guiaban al origen. Sobre ellas se insinuaba la ciudad antigua, aquella que había ignorado y que ahora me daba la espalda. Aquella a la que después de este sacrilegio ya no podría volver.


Te ha faltado humildad: No has sabido reconocer la ciudad,

Te has ido envuelto en luz, rechazando otra vez la verdad.

Un acto heroico sería el hombre que tú le pondrías:

Una gesta, una odisea o la hostilidad de una correría.


Pero las voces densas, oscuras, firmes y seguras

Si han aguantado con dignidad el paso del tiempo

Todas en pie sobre las ruinas del templo

No merecen ser pensadas como obsoletas figuras.


Son en cambio más ligeras que tu viaje superficial

Se reflejan en los cimientos y son reconocidas en todos los continentes

Cualquiera de sus antiguas guerras ha sido crucial

Y sus gentes han trascendido la categoría de fantasmas vivientes.


Sus elementos se unen en todos los puntos,

reflejan la luz a cualquier hora

Y nunca hablan con melancolía.


Todos ellos se mantienen siempre juntos

Aunque algunos desaparezcan en la aurora

Desdibujados por la luz de cualquier señalada bibliografía.


Es por eso que al dar la espalda a las rugosas paredes sobre las que se sustenta,

Tú mismo has elegido un camino que ya nunca podrá ser de vuelta.

Deberás vagar entre la bruma y el viento suave

Sitiendo siempre la falta de cualquier cosa que al suelo se agarre.


Sin embargo, una concesión se te otorgará:

La sombra y la silueta de la ciudad en tu nuevo horizonte se convertirán.

domingo, 10 de octubre de 2010

Escrito a propósito de un cuadro de Turner (Versión 1)

“C’est par là que tu te rapproches d’une autre chose”

Ya no se podía contener la vibración. En todas las direcciones se repetían los ecos y se arrastraban las sombras. Todo se correspondía, y el campo de resonancias que se sostenía sobre la superficie ligera ya no podía seguir encerradose en sí mismo. La superficie ligera, ese verano con Monika, se había ido reduciendo hasta que todas las líneas finalmente quebraron, y con ellas todo colapsó.

Los movimientos violentos del ambiente y del aire fueron en un principio totalmente impredecibles, pero el magnetismo del centro, que era incuestionable y lo siguió siendo unos cuantos minutos, alteró sus órbitas y los volvió verticales.

Yo estaba sentado sobre una roca que, hasta ese momento, se había comportado como si fuese blanca. Los destellos coloridos sobre su superficie pesada hicieron que me sobresaltara y que abandonara el pedestal. Salté para volver a pisar el suelo. Una vez sobre el suelo, que era rugoso y húmedo como una cueva o como una matriz, me agaché, y al agacharme pude ver mejor. Y pude reconocer también una canción hasta entonces nunca escuchada. Daba igual oír que ver porque todo se agitaba verticalmente. Era una situación que recordaba pese a no haberla vivido nunca. Ya desde el principio sabía que aquello que se movía, y que era aire, sonido y luz, no tardaría en transformarse en rocas, rojo, sangre. Así que, desnudo, me dejé cubrir y arrastrar. Quería ser tragado de una vez.

A medida que avanzaba (creo que entre vapor y ríos de aire), todo se volvía cíclico. Nada quedaba atrás, pues aquello a lo que antes daba la espalda pronto me miraba de frente. Quizás no haya hecho bien en decir avanzar. Iba delante de mí mismo y al mismo tiempo estaba quieto. Oí otra vez la frase, “No cambies nada para que todo sea diferente”.

Supongo que en ese momento el remolino cuyo centro era yo decidió transformarse en balsa, y remé con todas mis fuerzas entre aguas claras pero totalmente espesas. Ya no podía más, así que dejé que la densidad de los líquidos sobre los que flotaba me tragara de nuevo. ¿Qué importancia tiene hacer las cosas si siempre las estoy haciendo?

Entonces supe que había llegado a la visión antigua. Me encontré con la pastora y caminé junto a ella bajo las bóvedas y los arbotantes que sujetaban el cielo y que flotaban en el aire. Sólo me dijo una cosa: “Es por ahí por donde te acercas a otra cosa”. Cuando desapareció yo apenas recordaba hacia donde había señalado, pero no me importaba. Iba a acercarme a otra cosa.

Con el siguiente temblor el cielo y el suelo se intercambiaron. Aparecieron las estatuas, que me saludaban. Aquellas estatuas estaban ardiendo, pero no por ello dejaban de mirarme. Salía de ellas tanta luz que mi sombra se había alargado tanto que la estaba viendo de frente. Me estaba acercando a otra cosa.

Un reflejo cortó el tiempo como un cuchillo y la misma música de antes volvió a oírse. Ya no era un recuerdo. Mi corazón giró en torno al eje de su puerta y los límites volvieron a ser barro, que precipitó para no volver a ensuciarme más.

Levanté los ojos y allí brillaba Laura, Laure, el oro, el aura, aquella que me tendrá para siempre. Una estatua sin cabeza. Un reflejo que me partió en dos como un cuchillo.

sábado, 9 de octubre de 2010

La resistencia

Textos para nada
Samuel Beckett


La apariencia de un sueño. La imposibilidad del movimiento. Encontrar el gesto. Acompasarse. Volver. Volver a ser consciente. Fango, como en Victimes du devoir. Yacía en el hueco de una profunda erosión, útero materno. Salir del rincón cómodo y familiar para contemplar el hermoso panorama. Sentir el peso del cuerpo, sentirse pesado, cargar con el peso propio. Todo me resulta verdaderamente indiferente: Desapego, futilidad, incomprensión, contingencia. Autodestrucción. La casa, el hogar, el lugar conocido y cálido. Todo tiene la impresión de un cuadro de Magritte. Los otros. Sordos todos: todos igual de necios, de incapaces… Todos tienen la misma voz: La masa, la uniformidad, la falta de personalidad. La morada. También hay aquí una ascensión, como en Victimes du devoir. No sé si encuentro los vínculos o los creo, pero desde el principio pensé en esa obra de teatro. La ascensión es un tema que yo también retomo constantemente, en el que pienso a menudo; lo siento como el acceso a la ligereza (del alma, de las ideas, de los objetivos, del pasado).

Lourdeur / Légèreté

Un paisaje conocido pero nunca visto. Un paisaje del que te han hablado, que otros han creado, que todo lo que lo ha ido evocando a lo largo de tu vida, que has visto en cuadros, del que has oído hablar en poemas… ahora estás ahí, frente a él. Incluso allí sigue estando esa gente (Magritte), esos extraños. Quizás tengan la cualidad de que simplemente con mirarlos te replantees tu propio cuerpo, tu propia posición, tu postura, tu situación… Pero no, no ve sus rostros. Sus piernas están hundidas en el brezo. Hay un encuadre obligado, la mirada está forzada, no puedes mirar arriba. (“Están arriba, alrededor, como en el cementerio”: Espantapájaros, brazos en forma de cruz latina, contracampo, contraluz).

La pregunta más importante: ¿Me ven ellos, qué pueden ver de mí?: Están mirándole o no están mirándole / Están o no están / Está él o no está él.

Las preguntas de siempre se escuchan en el eco del paisaje, vuelven a aparecer múltiples lugares ya visitados, preguntas ya formuladas. Repetición, variación: Sólo así puede nacer una nueva situación.

Una hora, un mes, un año, cien años… La dilatación del tiempo. La relatividad del tiempo. La pérdida de las coordenadas (¿Quizás la posibilidad inmensa e ilimitada de un espacio totalmente abierto a todo, o sólo el vacío y la soledad?) .

Según qué entendía por aquí, por mí, por estar: La imprecisión del lenguaje, la polisemia de significados, la imposibilidad de dar una sola respuesta. De nuevo surge la duda del paréntesis: ¿La habilitación de un espacio nuevo, virgen, “potencial”, o sólo la confusión y el desorden?

Interpretar los signos, obtener información de ellos, analizarlos…
Esta pregunta no tiene respuesta/ Todas las respuestas son válidas para esta pregunta

Todo lo que he vivido, todo lo que he visto y experimentado (El mal está hecho): Estoy condicionado, no soy yo…

La imposibilidad de quedarse aquí, la imposibilidad de salir. ¿Nos encontramos en un espacio intermedio entre la vida y la muerte? ¿Un puente se ha abierto entre dos mundos? ¿Estamos creando? ¿Estamos rescatando fantasmas, devolviéndolos a la vida?

Tal como me veo: El espejo, el doble, la autoconciencia, el reflejo… Tras los puntos suspensivos podríamos decir, quizás, la distorsión.

Nada podemos.

Pero hay algo seguro. Como los signos que se interpretan, algo es seguro: La hora termina llegando. Una hora fija que nos sirve como sistema de referencia… ¡No! Esto tampoco es fijo. Relatividad, relatividad, relatividad. Hay entonces que buscar algo que sea cierto, algo que sea totalmente seguro.

La solapación del espacio y el tiempo. Los bucles tridimensionales. Solución: No intento comprender.

De momento estoy aquí, para siempre: ¿El eterno retorno?

Ya no temeré las palabras importantes: Ya soy libre, libre de los significados, de su tiranía. Fuera del nominalismo se pueden crear nuevos espacios.

El sombrero, Magritte.
Me he dejado muerto en todos los rincones, Calderón de la Barca.

Una visión: La de la propia muerte (Misterios de Lisboa, Raoul Ruiz).

Las viejas historias, la vieja Europa. Lo mismo de siempre. Lo que ya hemos oído, lo que hemos asimilado completamente.

Y en el penúltimo momento aparece el padre, la infancia, aquello que está al otro lado del río. Por eso quizás se habla de un peñón en medio de la tempestad. Esas imágenes codificadas que nos comunican y nos unen, pues nosotros, los que somos amigos, sabemos descifrarlas: El faro. Y en el último momento la madre (Recordemos el útero, aquel hueco de profunda erosión), la mía, la suya, la del cuento. Las gaviotas, un mal presagio. Se comerán nuestra carne… Y los cuentos de aventuras: Joe tirándose al agua con un cuchillo entre los dientes.

He sido mi padre y he sido mi hijo: Creo aquello que quiero creer, soy responsable de mí mismo, no puedo culpar a nadie, he hecho lo que quería hacer. Me he creado a mí mismo, he repetido las historias una y otra vez. Las manos olvidadas una en la otra (el padre de Christina Rosenvinge en Dream Room), las mías en las de mi padre (Las suyas en las de su padre). Esta es la forma de resistir. Dejemos de pensar y durmamos, pues nos tenemos agarrados el uno al otro, que es lo mismo que decir que yo me agarro a mí mismo.

Esta es la resistencia.